16 de junio de 2024

MUESTRA EN EL COLEGIO DE ARQUITECTOS

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“SUEÑOS”

La Serie “Sueños” aborda pictóricamente los sueños y pesadillas de varios artistas del Arte Universal, como Beato Angélico, Leonardo Da Vinci, Miguel Angel, Caravaggio, Murillo, Velázquez, Gauguin, Dalí, Klimt, Picasso, Pollock, entre otros, plasmando en cada uno de ellos, su espíritu y su técnica.

Los sueños son historias e imágenes que la mente crea mientras dormimos. Pueden ser entretenidos, divertidos, románticos, inquietantes, atemorizantes y a veces, muy extraños. Es un estado de conciencia único que integra la experiencia del presente, el procesamiento del pasado y la preparación para el futuro, un espacio psicológico donde el ego soñador reúne nociones abrumadoras, contradictorias o sumamente complejas, que serían inquietantes cuando estamos despiertos, así satisfaciendo la necesidad de equilibrio y balance psicológico.

Son una experiencia humana universal. Tienden a estar llenos de circunstancias emocionales y vívidas que contienen temas, preocupaciones, personajes y objetos que se relacionan estrechamente con la vida consciente. Estos elementos crean una nueva “realidad” que parece surgir de la nada, produciendo una experiencia con un marco de tiempo y conexiones realistas.

Las pesadillas son sueños angustiantes que hacen que la persona que está soñando sienta una serie de emociones perturbadoras. Las reacciones comunes a una pesadilla incluyen miedo y ansiedad. De todas maneras y por sobre todo: “Los sueños, sueños son”.

 

EL SUEÑO DEL BEATO ANGELICO

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Guido (luego llamado Juan) nació en Vicchio, pueblo de Toscana a finales del siglo XIV y en su adolescencia se formó y ejerció en una escuela de pintura, en plenos albores del Renacimiento. Movido a la vida religiosa se dirige junto con su hermano Benito, al convento dominicano de Fiésole y toma los hábitos en 1420. Con gran fidelidad a la misión religiosa de su vida, proponía con su arte celestial plasmar los misterios que contemplaba en la oración y en el estudio de la sagrada verdad, pintando numerosos cuadros de altar en Fiésole, decoró con frescos en el convento de San Marcos de Florencia, el claustro, el aula capitular, las celdas y pasillos, en Roma pintó dos capillas en la basílica de San Pedro y en el palacio Vaticano. Más tarde trabajó también en el convento de Santo Domingo de Cortona y en la catedral de Orvieto.

Fue un hombre sencillo y recto, pobre y humilde; en sus pinturas se presenta devoto y angélico, muy diestro y rico de inspiración. De ahí que, como estupendo compendio de sus virtudes y de su arte, se le llamó reverentemente “Beato Angélico” y su fama de santidad y de ingenio se extiende al mundo entero.

En el sueño, observa con espanto como sus hermanos conventuales, recorren las galerías absortos en sus plegarias del mediodía y pisando involuntariamente (o no tanto, porque siempre hubo contrastes y envidias) sus obras diseminadas en el suelo.

EL SUEÑO DE DA VINCI

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El gran Leonardo tuvo un sueño que resume sus maravillosas ideas de todo tipo. Fue pintor, escultor, arquitecto, diseñador, ingeniero, erudito e inventor de cientos de artefactos, recetas, trucos, construcciones y adelantos técnicos.

Dueño de una mente brillante, este genio caritativo sin esfuerzo y generoso, tuvo muchos discípulos que vivieron bajo su techo y repartió sus conocimientos y valiosa amistad.

Estos ayudantes y bellos efebos, descuelgan las cortinas de algunas de sus obras, para mostrar al esplendor de la belleza. Algunos dibujos de sus inventos con textos escritos desde un espejo, el boceto del cuadro “Santa Ana, la Virgen, el Niño y San Juan Bautista”, el famoso rostro de “La Gioconda”,  esbozos de máquinas de guerra, un apóstol para “La última Cena” y el caballo rampante del monumento ecuestre para Francisco Sforza.

Mientras que un joven sostiene el icosaedro o Sólido de Platón, fuente de sus interpretaciones filosóficas, otro, esgrimiendo como trofeo (y al cual se dirigen las directrices y cúspide del cuadro) el “Hombre Vitruviano”, símbolo inequívoco del triunfo del humanismo, donde el hombre se impone como centro de la cultura renacentista.

 

EL SUEÑO DE MIGUEL ANGEL

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Michelangelo Buonarroti fue un hombre del renacimiento: arquitecto, pintor, escultor y poeta, sobresaliendo en todo esos campos. Fue uno de los más grandes artistas de la historia del arte universal, y no sólo por sus esculturas, sino también por su asombrosa labor pictórica.

Admirado en vida por sus contemporáneos, que le llamaban el Divino, triunfó en todos los encargos que le fueron encomendados. Su obsesión por la perfección lo obligaba a no entregar jamás algo mediocre  y tanto en Florencia como en Roma, reyes y papas cayeron rendidos a su arte, aunque ciertamente se vivieron roces y discusiones, debido a la marcada personalidad.

Desde la crucial imagen, inacabada en este caso, de la mano de Dios insuflando vida al primer hombre, se expanden gradualmente las obras del autor, con esculturas, dibujos y pinturas.

Partiendo centralmente del monocromo hasta el impulso multicolor de hombres y mujeres plasmados eternamente en sus frescos y con algunos de esos personajes que saltan del original, para dialogar oníricamente con el genio del dibujo y el color, se percibe una expansión de formas y matices, hacia los bordes laterales del cuadro, creando un entorno nebuloso  y armónico.

 

EL SUEÑO DE CARAVAGGIO

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Michelángelo Merisi, nacido en 1571, pasó su niñez en la pequeña ciudad de Caravaggio, donde adoptó el sobrenombre artístico y dio origen a su personalidad extravagante y delictiva. Es el sinónimo del tenebrismo, o pintura en sombras, inventor de la técnica teatral e iniciador del manierismo, o pintura “a la manera de”.

Muchos jóvenes coetáneos, cautivados por la novedad de sus propuestas lo seguían, pero la gran mayoría de la sociedad lo menospreciaba como frustrado y violento, pues sentenciaba a la historia y al mundo con una mirada implacable y crítica de filósofo.

Mostraba la cruda autenticidad de los hechos, a través del extremo realismo de sus personajes, por lo que no fue comprendido en su tiempo y mucho menos por los mecenas de la Iglesia. Sus personajes religiosos eran copiados de hombres y mujeres comunes del pueblo, quitándole todo halo de espiritualidad celestial y respetando siempre el principio de fidelidad a la verdad.

En este sueño, Caravaggio sitúa a sus personajes en el mismo recinto obscuro de “La vocación de San Mateo”, con una única fuente de luz rasante cercana a la ventana abierta y con vidrios empañados, iluminando dramáticamente a un conjunto de modelos de ambos sexos, conjuntados en la habitación y que luego ocuparán diversos sitios y actitudes, con o si ropajes, en una acelerada sucesión de obras geniales que jalonaron su corta vida.

Marcando una diagonal contrapuesta al haz de iluminación, en un segundo plano, aparecen dos jóvenes montados en andamios, entre arneses y telas, esperando posar como ángeles voladores y hacia el frente, una canasta de frutas, motivo ideal para sus naturalezas muertas.

 

EL SUEÑO DE MURILLO

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Bartolomé Esteban Murillo, fue un pintor español del siglo XVII, quien captó perfectamente el espíritu barroco de la Iglesia triunfante, con una vasta producción de temas religiosos. Sintió además, un verdadero interés por reflejar el mundo infantil, especialmente en cientos de angelitos voladores, sonrientes e inocentes, regodeándose entre mantos y nubes, que aparecen en numerosos cuadros celestiales.

Sin dudas y a lo largo de los años, el piropo más preciado para una madre, es que sus hijos pequeños “se parezcan a los ángeles de Murillo”.

Ahora bien, en este cuadro, marcado drásticamente en dos campos, superior e inferior, la inocencia de los imberbes, envueltos en gráciles colores rosas y celestes, se trastoca en pesadilla cuando el autor, los ve como adultos, mezclados en macabros juegos infernales, iluminados tan solo por las llamas rojizas del inframundo y que con sus manos manchadas de escarlata, está tratando de sacarlos de ese madejal.

 

EL SUEÑO DE VELAZQUEZ

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Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla a fines del año 1599 en una España donde el arte religioso florecía en su máximo esplendor, con pintores como El Greco, Ribera, Zurbarán y Murillo. Con una notable  vocación para el dibujo y la pintura, continuó la misma tradición pictórica de los famosos, produciendo cuadros de esa temática eclesial y otros sobre una inusual tendencia a temas cotidianos, de la vida real y sociales.

Pero todo cambió cuando viajó a Madrid, convocado para ser pintor de la Corte y acrecentar su fama, año a año para ocupar los más altos cargos cercanos al rey y su familia, hasta su muerte en 1660.

Por eso pintó a príncipes y princesas desde su niñez hasta llegar al trono y reyes y reinas que envejecieron cuadro a cuadro. La Infanta Margarita, la Infanta María Teresa, la Reina Mariana y otras tantas, desfilaron delante de sus atriles, luciendo sus vestidos y peinados con distintas telas de variados colores, joyas, oropeles, cintas, tocados, moños, bordados, mantillas y tules, Tanta cargazón, cansaron la vista de Velázquez, que en este sueño, las sedas, cretonas, terciopelos y brocatos, se tornaron grises e incoloros, quedando la reina desnuda ante tantos lujos, con su frágil cuerpo y delante de los perros del monarca, la rueca de “Las Hilanderas”, (primer cuadro en la historia de la pintura que muestra el movimiento) . En los fondos, las lanzas de “La rendición de Breda” y el Conde Duque de Olivares, también grisado, que huye temeroso del sueño, porque fue él quien lo trajo a la Corte.

 

EL SUEÑO DE GAUGUIN

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Eugène Henri Paul Gauguin (1848-1903) fue un pintor neoimpresionista francés cuyas pinturas vivas, con colores planos y atrevidos y el uso de símbolos místicos y ambiguos, revolucionaron el arte. Gauguin, que no llegó a alcanzar el éxito en vida, se trasladó a la Polinesia en busca de un lugar no contaminado por la modernidad en el que pudiera expresarse con independencia de todas las convenciones artísticas.

El Pacífico inspiró a Gauguin con su luz y sus colores brillantes. Viviendo cabañas primitivas a las afueras de la ciudad, el artista se centró en pintar a los isleños de ascendencia africana. Utilizó una amplia gama de estilos artísticos que muestran la influencia del arte antiguo y asiático. Experimentaba con el color y la perspectiva, con frecuencia utilizaba símbolos para provocar emociones en sus composiciones y presentaba escenas deliberadamente simplificadas. Este estilo se conoció como primitivismo o, más concretamente, sintetismo o cloisonismo, y se inspiró en el esmaltado medieval, las estampas japonesas y el arte nativo, en el que se utilizaban fuertes contornos oscuros para rodear zonas de color simple, como las imágenes de un vitraux. Este estilo fue uno de los que sustituyó al impresionismo y por eso se le llama posimpresionismo, aunque ese término no se acuñó hasta 1910.

Una vida de aventurero, una explosión de libertad en su arte y el afán de materializar la voluptuosidad del paisaje y sus habitantes. Su sueño flota sobre los retratos de sensuales tahitianas que tuvo en su vida, de uno y otro viaje al Pacífico. Rostros, colores, paisajes, telas, cielo, sol, mar y mujeres, muchas mujeres, aunque se reserva el recuerdo imborrable de las tres que más amó: la mestiza Titi, que pronto sustituida por una niña de trece años llamada Teha’amana, y luego por Annah, una exótica javanesa, junto a los rostros de sus hijos nativos.

 

EL SUEÑO DE KLIMT

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El pintor, que supo escandalizar a la sociedad vienesa de fines del siglo XIX, amaba a las mujeres y captó magistralmente el mundo femenino. Sus obras permiten ver una obsesión erótica y una libertad sexual que contrastaban con las costumbres pudorosas y reprimidas de su tiempo. Bellas, sugerentes y sobre todo eróticas, las mujeres de Klimt parecen esforzarse en crear un universo en que la belleza domina el arte. El uso del color, el dorado a la hoja y los motivos decorativos de inspiración oriental, profusamente influenciados por el arte de Japón, Egipto y la Rávena bizantina, constituyen los temas alegóricos, por sobre los retratos de damas por encargo, que aparecen con una técnica y carácter más tradicional.

Entre tantas obras, muchas destruidas durante la Gran Guerra, pintó a dos heroínas bíblicas muy poderosas que en su tiempo, cortaron la cabeza de hombres prominente: Salomé a san Juan Bautista y Judit a Holofernes, el general babilónico de Nabuconodosor… y este tema tan remanente, es la inspiración de este sueño.

Como en la mayoría de sus obras, el fondo ampliamente decorado, se funde con las figuras femeninas que rodean este último cuadro y rinden pleitesía y admiración, incluso la arrodillada, con la coraza de Palas Atenea… pero irónicamente, el tema le brinda una mala jugada, ya que una de ellas, levanta como trofeo una cabeza decapitada, que es la del pintor!!!! Y en el otro extremo, una pelirroja carga en su tridente, nada menos que parte de su anatomía.

 

EL SUEÑO DE DALI

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El pintor se presenta como un hombre excéntrico que se complace en adquirir posturas. Su narcisismo explícito hace que se denomine así mismo como “genio” y “divino” y en su sueño, aparecen fragmentadas, parte de su existencia y obras, en una ecléctica danza de situaciones.

Sobre un gran paño, inspirados en el cuadro “La vejez de Guillermo Tell” y sostenido por imposibles hilos, flamea en primer plano su imagen en sepia, en negativo quemado y en monocromo, donde encimadas las fotos de su camisa, sobresale el uno de su primacía. Sobre la pantalla, se distienden hombres y mujeres, livianos como pájaros y acechados por los tigres del cuadro “Granada a punto de explotar”.

El sol, como un huevo frito, ilumina los relojes blandos que marcan un tiempo impreciso, el paisaje de Port Ligart y al modelo sufriente por su deformidad, al igual que “El enigma de Tell”, que asume su condición, valorando la vida que le inspira una rosa y sentado sobre un David (que se espeja en las rocas) con pelo largo, como las barbas del Moisés de Miguel Angel e igual a los rizos de su hermana Ana María, pintada varias veces contra una ventana.

Por el otro extremo, el paño comunista quemado como sus jirafas, las señoritas de Amsterdam que asumen el retrato de Voltaire, y los prismas voladores de “La desintegración de la persistencia de la memoria”, acabando todos en el cajón semiabierto de los recuerdos.

 

EL SUEÑO DE PICASSO

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Pablo Picasso, nacido en la ciudad española de Málaga, fue un artista, rupturista y transgresor que cambió la representación del arte para siempre y se convirtió en una de las figuras más influyentes del siglo XX. Su obra abarca una variedad de estilos y períodos, incluidos el cubismo, el surrealismo y el expresionismo. A lo largo de su vida produjo aproximadamente 50.000 obras de arte, que incluyen pinturas, dibujos, esculturas, cerámicas, grabados y textiles.

La poesía de las metáforas, es decir, la posibilidad de construir una imagen sobre asociaciones, el libre juego y la fuerza de la imaginación, son las principales conquistas del espíritu creador de este genio. Su sueño arranca con una fragmentación del “Guernica”, creada en 1937 y que es un poderoso símbolo contra la brutalidad de la guerra. Entre sus retazos, emerge un autorretrato de sus años mozos.

Trazos, manchas, colores, planos y texturas, recrean una algarabía visual de imágenes yuxtapuestas, donde sobresalen algunas de sus magistrales obras, como “Las señoritas de Avignon”, de 1907, considerado un punto de inflexión en la historia del arte moderno, ya que rompen con las convenciones tradicionales de la representación y la perspectiva, incorporando influencias de arte africano y oceánico…. Pero no todos están contentos en su pesadilla, pues la implosión genial de sus modelos reales, aparecen distorsionados en tiempo y espacio

Además del “Guernica” que se destruye por las bombas asesinas, las “señoritas” están molestas y salen del cuadro: un prostituto, está enojado porque no lo incluyó entre las preferidas del lupanar  (aunque luego será pintado en el cuadro que mira de reojo) y otra, que añorando el período azul del pintor, se desintegra en la técnica novedosa. El joven muy apuesto del centro, quejoso porque ignoró su bellos ojos y mejor perfil, las mujeres, con sus cuidadas sonrisas, fueron retratadas pálidas, con labios verdes y mirando para uno y otro lado… y don Ambroise Vollard, gran coleccionista, en dos caracterizaciones casi irreconocibles.

Están molestos, si, porque el arte de Picasso no deja indiferente a nadie.

 

EL SUEÑO DE POLLOCK

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Jackson Pollock no sabía dibujar, pero sin duda amaba el arte y quería ante todo ser artista. Los demás estudiantes se reían de él, pero el pintor no se dio por vencido. Sabía que tenía algo que decir en pintura.

Y efectivamente, lo que al final consiguió fue nada menos que crear el primer estilo 100% estadounidense: lo que se conoce como expresionismo abstracto.

Hijo de granjero, nació en 1912 y pasó su infancia en Wyoming, Arizona y California. Al final, sabía que si no podía ir a París, un artista debía ir al menos a Nueva York y ahí estudió en el Art Students League, donde conoció la pintura de los muralistas mexicanos, y al Greco, además de desarrollar su carrera paralela: la de alcohólico.

Empezó con obras figurativas, pero al final de los años 30 empezó a interesarse por la pintura abstracta, que le permitió desarrollar su arte a pesar de sus carencias artísticas, al menos para los legos en la materia. Pero en 1947 algo cambió. La leyenda habla de un tarro de pintura derramado accidentalmente en el lienzo, salpicaduras y también de plagios…pero sea como sea Pollock «creó» el llamado dripping: en lugar de utilizar caballete, colocaba en el suelo el lienzo y sobre él dejaba gotear la pintura.

Los críticos americanos, deseosos de un arte puramente estadounidense empezaron a apoyar este nuevo estilo, creando grandes lienzos abstractos de vivo colorido, sin composición de ningún tipo, donde los trazos se entrelazan hasta formar una maraña densa y compacta que se iba creando de forma automática (esto lo relacionó con el surrealismo).

Pollock luchó toda su vida contra el alcoholismo, que le provocó no pocas desgracias. La última de ellas, el accidente automovilístico que acabó con su vida a los 44 años, cuando ya era una leyenda en vida y los jóvenes artistas americanos lo tenían como una figura casi mítica. En su sueño, o pesadilla, observa cómo sus goteos y manchas se derriten irremediablemente, dejando ver bajo la tela, aquellos paisajes de sus inicios, que desearía borrar para siempre.