16 de junio de 2024

18 ANECDOTAS DE VIAJE

Hugo Lazzarini_relatos deviaje
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18 anécdotas de viaje

LA MEDIDA DE LA VIDA, EN ORVIETO

 

Esta anécdota guarda una gran enseñanza de vida. Ocurrió en Orvieto.

 

Durante muchos años fui socio de “Amigos de Castillos de Europa”, institución que permite alojarse en castillos antiguos y villas palaciegas, a un precio similar a un hotel 3 o 4 estrellas y vivir la increíble experiencia de sentirse como en siglos pasados. De esta manera conocimos varios Paradores de España, palacios y mansiones medievales y renacentistas de Italia y Francia.

 

Orvieto es una preciosa ciudad amurallada y escarpada en un promontorio, fundada por los etruscos, ocupadas por los romanos y potenciada en el alto gótico, con la construcción de su impactante catedral policromada.

Nos alojamos a las afueras, en la bellísima Villa Ciconia, de los años 1500, ubicada en un predio rodeado de bucólicos jardines, con fuentes, puentes y lagos, donde nadaban patos y gansos, nos permitió descansar unos días del trajinar por el centro de Italia. Pero lo más llamativo, además de su arquitectura y moblaje preservado hasta en los mínimos detalles, como ser una lujosa vajilla barroca y mantelería de hilo, antiquísima, bordados con finos macramé, fue la simpatía y don de gente del dueño de casa, a la postre, con título nobiliario.

 

Hablaba muy bien el español, por tener una madre aragonesa y su afabilidad nos sorprendió, como también la comida de alto nivel culinario. Probamos fiambres florentinos, faisán, pavita y jabalí, regados con champagne, vinos blancos y marsala, de cosechas propias. Tortas caseras y postres típicos del Lacio.

 

En una de esas conversaciones en la biblioteca y tomando un brandy, el señor me dio una gran enseñanza de vida.

-¿Cuántos años desea vivir? Me preguntó.

– No sé….tal vez unos 95 años. Le respondí sorprendido.

 

Se levantó y tomó del escritorio un metro, instrumento para medir que se pliega en zigzag, de esos que usan los carpinteros y extendido, marcó los 95 cm de largo, desde el número 0. Luego me volvió a preguntar:

-Cuántos años tiene ahora?

Le contesté sin mentir mi edad (muchos años menos de los que tengo ahora) y marcó en el mismo metro, el número que le indiqué.

 

– Mire Ud. cuánto ha vivido, cuántos centímetros de vida tal vez desperdiciados o transitados sin percatarse del tiempo. Le quedan estos centímetros para disfrutar, si la muerte no se adelanta…entonces, vívalo con toda su plenitud, sin malgastar ni un minuto. Sueñe, viaje, ame, sienta, ría, sea felíz… no se detenga ante los contratiempos, ante el dolor, ni ante las adversidades, dome su carácter, viva inteligentemente y aproveche cada centímetro que le queda de su metro de vida.

 

Desde entonces, lo recuerdo a cada paso y le hago caso en todo. Muy buena enseñanza.

Hugo Lazzarini_relatos deviaje
hugo_lazzarini_

 

 

2

NOS CONFUNDIERON CON AUTORIDADES

 

Con mi esposa, estábamos en Asís, un 4 de octubre, en la Fiesta del Santo y marchamos a misa, a la Basílica Patriarcal de San Francisco, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Es el lugar de la glorificación de San Francisco de Asís y se distinguen en ella dos partes fundamentales: la Basílica inferior, baja y oscura, y la Basílica superior, espaciosa y luminosa.

La Iglesia superior, rica en obras de arte y famosos frescos del Giotto, fue destruida parcialmente por el terremoto de 1992 y reconstruida hermosamente.

Según la tradición, fue el propio Francisco quien indicó el lugar en el cual quería ser enterrado. Se trata de la colina inferior de la ciudad donde, habitualmente, eran depositados  los “sin ley» y condenados por la justicia, quizás razón por la cual era llamada “colina inferior”. La estructura que se quería dar era en un principio bastante simple, pero fue rápidamente modificada según líneas más majestuosas, inspirándose en la arquitectura románica lombarda. El complejo, formado por las dos iglesias superpuestas e independientes de nave única con saliente y ábside, se terminó en 1239 y fue consagrado al culto en mayo de 1253.

El santo fue enterrado bajo el altar mayor en un lugar inaccesible, pero durante siglos se perdió la memoria del punto exacto donde se encontraba su cuerpo. Tras su descubrimiento, en 1818 se excavó una cripta, que fue realizada en centro de la nave y este lugar, el más pobre en cuanto a obras de arte, es el corazón de la basílica. Formando parte de un pilar que sostiene el altar mayor de la basílica inferior, se ubica en definitiva, en el tercer plano inferior.

Ese día estaba el templo atiborrado de gente…pero como había unos asientos vacíos y con mucha falta de inhibición, casi empujo a mi esposa a sentarnos en ellos. Por suerte estábamos bien vestidos (de casualidad sin bermudas ni cámaras de fotos, ni videos) y rezamos la Misa sin inmutarnos.

Al terminar la misma, comenzó una procesión, llevando algunas reliquias del Santo a la Cripta inferior y la autoridades religiosas, pomposamente detuvieron la marcha frente a nuestros asientos y nos indicaron que debíamos presidir el séquito, aún hoy desconozco el motivo…pero animado por la desvergüenza, tomé a mi esposa del brazo (que no se animaba) y con la frente levantada y sacando pecho, desfilamos ante el público congregado que se santiguaba a nuestro paso.

Por supuesto que al terminar la ceremonia, nos escabullimos entre rezos y cánticos, mientras los purpurados nos estarían buscando para saludar a estos desconocidos y extraños embajadores de algún lugar. A los años, volvimos a Asís, pero por las dudas, a Misa, no.

 

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MAGIA EN CINECITTA

 

La cinematografía fue siempre mi debilidad y no podía faltar una visita a la meca del cine europeo: Cinecittá, la Ciudad del Cine, a las afuera de Roma, en la Via Tuscolana y vecina de la milenaria Via Appia. Estos estudios tienen una superficie de 400.000 metros cuadrados, siendo los más grandes de Europa y fueron construidos durante la era fascista, en el año 1937, como parte de un plan para reactivar la industria cinematográfica italiana.

 

Tras dos intentos de visitar este lugar, en otros viajes a la Ciudad Eterna, por fin llegamos el miércoles 29 de julio de 2015. Desde la Estación Términi, abordamos el subte Línea Roja “A” y llegamos a las 14,30. Con el corazón latiendo aceleradamente… y conteniendo tanta alegría, abonamos la entrada y junto a un pequeño contingente de 12 o 15 turistas, pasamos al jardín de recepción, que resulta una amplia plaza ovalada, con flores y plantas por doquier, salpicada de estatuas clásica de cartón piedra y resistentes a la intemperie. En el centro, una gran escultura multicolor de un dios pagano emergiendo del césped, que utilizó Federico Fellini en su película “Casanova”.

 

Pasamos al edificio principal y habilitado para el público. La Sala de Exposiciones que consta de varias dependencias con temas diferentes de las más famosas películas filmadas en ese gran predio. Permanente proyecciones de filmes de todas las épocas y muchos documentos relacionados: Una gran maqueta de Roma antigua, vestigio de las películas de “romanos”, varios maniquies con la vestimenta usada en las mismas. De “Quo Vadis” el manto púrpura bordado con oro de Nerón, un vestido negro de “Cleopatra”, varios atuendos de “La Fierecilla domada” de Zeffirelli (ambos lucidos por Liz Taylor y que llama la atención lo diminuto de su talle y estatura), otros uniformes dorados de “Ben Hur” con cascos y espadas de los soldados, vestimentas de los clásicos “espagueti western”, armas, escudos y decoraciones de utilería. En un apartado se muestran muebles y cuadros de “Il Gatopardo” de Luchino Visconti, dibujos y manuscritos de Fellini y otros directores famosos. Libros e historias de época, recortes, figurines y cartas de actores, partituras de bandas de sonido, pelucas, joyas, sombreros, coronas y accesorios…en fin, un desborde de curiosidades e historia.

Más adelante una gran maqueta a escala real, del interior de un submarino nuclear, que oscila permanentemente, según las exigencias del film “La caza del Octubre Rojo” con Sean Connery.

 

Hasta allí la parte oficial, pero la aventura comenzó recién a partir de ese terreno. Superando el temor de mi esposa, animado por la curiosidad y prácticamente en soledad, nos adentramos al resto de los veintidós talleres y estudios de filmación. Al día de hoy no sé si está permitido, pero como nadie nos impidió el paso, seguimos curioseando un mundo mágico e irrepetible.

Lo primero que nos llamó la atención fue una secuencia surrealista: En el cruce de dos calles del interior, una camioneta maniobraba marcha atrás con un cargamento gracioso e irreal, pues llevaba dos canguros de yeso. Magia pura.

En el primer taller que visitamos había una maqueta del monasterio de “El nombre de la Rosa” y una estatua de gran porte de un caballo con jinete medieval y más adelante otro depósito taller con un par de costureras y cientos de perchas con todo el ropaje de las más variadas épocas históricas, con talles masculinos y femeninos…y un sector de zapatería, también abarrotados de calzados de cuero o lona, pesados o livianos, ojotas griegas, egipcias, botas napoleónicas y millares de cajas con numeraciones y siglas.

 

Más adelante, un lugar increíble: cientos de reproducciones de esculturas antiguas. Dos cabezas enormes de unos casi 2 metros de altura de Augusto y Livia, el Moisés y el David de Miguel Angel, réplicas de los caballos de San Marcos de Venecia, columnas, dóricas, jónicas, capiteles corintios, cornisas y detalles decorativos de edificios de todas las épocas, cuatro columnas salomónicas y con pintura dorada un poco deterioradas (que aparecieron en “Las sandalias del pescador”) e infinidad de macetas, retazos de cartón piedra, cemento o yeso. Todo eso era un festín visual.

 

Las interminables calles pavimentadas y perfectamente señalizadas, nos condujo a una de los años 30 que fue el escenario de “Pandillas de Nueva York” de Martin Scorsese, con frentes construidos totalmente en madera y cemento, con aberturas, persianas, cables telefónicos y cartelería de la época…más adelante, el templo de Jerusalén y su sinagoga de “La Pasión” de Mel Gibson y una plaza medieval, con edificios y su iglesia en tamaño natural, emulando la Asís del 1200 y donde se filmó “San Francisco” de Liliana Cavani. En ese lugar, nos asombró cómo fantasmagóricamente se agitaban por el viento unas ventanas, mostrando un interior inexistente, ya que todas estas construcciones son aparentes, con fachadas meticulosas, pero reversos de maderas, tirantes, soportes, inscripciones de catálogos y alambres de ataduras y contención. Por último, el gran Foro Romano, en escala real y tal como lucía en los años esplendorosos del imperio. El ágora completo, los templos con sus escalinatas y atrios columnados, estatuas, ánforas, mástiles y hasta el piso adoquinado del siglo I de nuestra era. Un espectáculo único y alucinante que nos emocionó hasta las lágrimas. Había otros escenarios dispersos, pero el tiempo, como siempre, nos apuntaba.

 

Algo más sosegados, nos encaminamos hacia la salida, aunque otras dos grandes sorpresas nos esperaban. Hacia un rincón del predio, emergía como un barrio enteramente construido a la manera arquitectónica de los años 50 y estaban filmando una película, que aún hoy no sé cómo se llama. Pero había un equipo de 20 o más personas maniobrando unas cámaras aéreas, iluminadores, escribientes, asistentes, maquilladores y directores que pululaban en el sector donde repitieron la misma escena, por lo menos diez veces, de un joven que llegaba al frente de una casa en un auto rojo descapotado y descendía con un ramo de flores para tocar el timbre de una puerta. Graciosamente, para nosotros, en cada culminación de la escena, recibía el actor instrucciones, a la par que lo maquillaban una y otra vez.

 

Dejamos el set al aire libre y por fin, ingresamos a la Confitería principal de la ciudad, decorada en color negro, con muchos espejos en paredes y cielorrasos, con dorados en marcos, arañas, sillas y mesas. Allí tomaban un refrigerio, parte de los artistas intervinientes de la película y nosotros, en medio de ellos, apuramos una cerveza. En la librería anexa, compré un libro sobre Cinecittá que atesoro en mi biblioteca.

Minutos antes de partir y próximo al cierre de las 18,00, fui a los sanitarios de los artistas por pura curiosidad e hice en los mingitorios, lo mismo que los grandes del universo estelar…porque, en definitiva y a pesar de verlos en las pantallas fulgurantes e inaccesibles, todos somos humanos, iguales y con las mismas necesidades.

 

 

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PELIGROSA AVENTURA

Hace unos días, falleció un amigo del alma. Con él y mi esposa viajamos a Europa un par de veces, en los años que el dólar nos permitía alojarnos en hoteles de 4 o 5 estrellas y gustar de las mieles del jet set…y esta anécdota va en su recuerdo

Elegimos en esa oportunidad recorrer el oeste de Suiza y visitar Saint Moritz y sus alrededores, en la región conocida como Alta Engadina, donde todo es lujo exuberante y ostentoso. El sitio se hizo famoso a nivel mundial por la celebración aquí de dos juegos de invierno: los de 1928 y los de 1948. Los visitantes recordarán estos hitos a cada paso ya que en negocios, restaurantes y hoteles suele haber pósters de bellísima estética, originalmente vintage que los evocan y en sus calles, es probable que nos encontremos con Sophía Loren (tiene una casa por allí), o cualquier otro artista, príncipes, nobles o algún ricachón famoso.

Recuerdo estar sentado en uno de sus famosos parques y ponerme a pintar una acuarela del increíble paisaje, sopando los pinceles en un exquisito vino blanco del lugar. (aún conservo esa lámina con olor a Sylvaner blanc).

Viajamos en los cálidos primeros días de septiembre, donde las aguas del lago que lleva el mismo nombre de la ciudad se pueblan de veleros, remeros y pescadores. Cuando su superficie se congela, es escenario de numerosos deportes sobre hielo: polo, criquet, hockey y hasta carreras de caballo, conocidas como “white turf” y subiendo a la parte superior de la ciudad, más puntualmente a la Via Serlas, la calle se inicia con una exageración de negocios de marcas de primer nivel: Armani, Miu Miu, Bulgari, Harry Winston, Jimmy Choo, Valentino… y todas las tiendas están rodeadas por galerías de arte y chocolaterías.

Para alojarnos, elegimos un afamado hotel (Hotel Walther), ubicado a las afueras, en una localidad vecina llamada Pontresina y entre los recorridos obligados, pudimos ver la cabaña de Heidi, donde se rodó la película sobre este famoso y entrañable personaje infantil, creado por la autora suiza Johanna Spyri, sintiéndonos vecinos de la niña, del abuelo, Clara y Pedro…pero lo más impactante fue visitar el Glaciar de Morteratsch que es un enorme bloque de hielo blanco y azul, que cuenta con cumbres nevadas y bellos senderos. Las placas ubicadas a lo largo del sendero muestran el retroceso gradual y constante, generado por el calentamiento global.

Llegamos temprano y nos encontramos absolutamente solos…comenzamos a andar y bordeamos el pie del glaciar, frente a una pared imponente de más de 50 m de alto, con hielos peregnes de un azul turqueza nunca visto. Caminamos alrededor y nos metíamos una y otra vez en heladas cuevas que goteaban desde las bóvedas y muertos de frío, saltábamos entre las piedras que rodaron junto a los hielos, desde tiempos inmemorables.

Luego de divertirnos y retirarnos, nos percatamos por comentarios de la gente del hotel, del tremendo error que cometimos al meternos bajo el hielo, porque permanentemente caen bloques de cientos de toneladas, en su imparable desintegración.

Mucho después nos enteramos de Sabi, el fantasma del glaciar…pero ya estábamos por el Parque Nacional Suizo, en medio de otra aventura.

 

 

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UN CASTILLO PERDIDO EN LA TOSCANA

Desde Arezzo tomamos una ruta secundaria hacia Monte San Savino y desde alli, a través de caminos muy ondulados y hermosos, pasando por el poblado de Gargonza, famoso por ser centro del Ecoturismo italiano y  luego por Ambra, para acceder finalmente a un camino terciario, ripiado y austero, pero perfectamente demarcado, hasta llegar al lugar de destino: Montebenichi.

 

Por años fui socio de una Institución que permitía vivir y alojarse en Casas Históricas, Palacios y Castillos de Europa. En Italia se denomina “Abitare la Storia” y en el resto del Viejo Continente, varios nombres según el país y conformando una Federación Tradicionalista.

 

Nos alojamos en este viejo castillo (4 estrellas) en un paraje absolutamente aislado, pero con un confort y atención de príncipes. Las habitaciones, moblaje, adornos, cuadros, libros, pertenecían a una ancestral familia de abolengo genovés y era actualmente la residencia de los Stendardi.

Historicamente fue “teatro de peleas por su posición en el límite del territorio de Senese y por lo tanto disputado por las Repúblicas de Florencia y Siena. En 1478 hubo uno de los eventos más crueles y desastrosos en Valdambra: fue saqueado y quemado por el aragonés Carlos V, y de lo que quedara del antiguo fuerte eran unas pocas ruinas y solo a principios del siglo XVI se sometió a una reconstrucción, con la conformación urbana que hoy conocemos”. (Texto original extraído de los anales del castillo).

 

Al llegar al sitio y descender para hacer los trámites de ingreso, nos sorprendió el porte de un jardinero, vestido con ropa sencilla y un gran sombrero de alas anchas, que regaba con cuidado una serie de canteros y almácigos repletos de flores multicolores.

 

Nos ubicamos en una habitación con paredes de piedra y tapizadas con rasos y cretonas, muebles muy antiguos y una enorme cama de dos plazas con baldaquino de hierro y madera y cortinas semitransparentes. Confort de primera con pensión completa y atención esmeradísima…pero viviendo en siglos pasados.

 

Tomamos ese día de descanso y relax, en una piscina moderna al borde de un acantilado, desde donde se percibía toda la Toscana e intimamente ligados a un grupo de casas adosadas a las murallas y al castillo, que no se diferenciaba de las construcciones aledañas, ubicado en lo más alto de la colina y rodeado de parques y jardines señoriales. Después nos enteramos que todo el entorno pertenecía a un solo fin y sus contados habitantes eran los cocineros, conserjes, personal de limpieza y mozos del hotel boutique.

 

La pautas de permanencia eran extrañas para nuestras costumbres, ya que se podia usar y disfrutar de todo lo que estaba al alcance. Bebidas a discreción dispuestas en bandejas en varias salas con altos techos de madera, junto con frutos secos y de estación, una biblioteca inmensa con libros incunables, mapas, cuadros, pergaminos, tapices y varias armaduras completas a manera de mudos testigos de lujos pasados.

 

La cena se servía a horas tempranas y por pedido, se debía ingresar con ropa de alto sport. A la luz de las velas y con mesas imperiales, compartimos los platos con un grupo no muy numeroso. Seríamos en total unas diez parejas, conforme la capacidad hotelera y la comida result un lujo de manjares y buen gusto. Una suave música acompañaba el sonar de los cubiertos de plata, tan solo amortiguados por los pliegues de las servilletas de hilo provenzal.

 

Al finalizar, pasamos al estar, para degustar masas finas, bombones, florentinos y copas de espumantes blancos y rosados…a la par que el dueño del lugar nos saludaba uno a uno, perfectamente vestido con smoking de gala. La sorpresa que nos deparaba este señor, educado y fino, era que resultó ser el jardinero de la recepción.

 

Entre los licores y cigarros nos contó que todos los años viajaba a la Argentina a cazar siervos en unas estancias de La Pampa y que su familia, de la alta sociedad, vivía en Génova. Aproveché para expresar mi sorpresa de conocer y admirar un lugar así y le pregunté si no temía que pudiese arrancar tan solo alguna página de esos libros del siglo 17, o sustraer algún objeto u otro recuerdo que estaban desparramados por todos los lugares, o aprovecharnos de la bebidas disponibles y exagerar los tragos, o comer demás, o…

 

–Vea amable señor. Me interrumpió a mis preguntas.

–Hace años que atiendo este lugar de mi propiedad y conozco perfectamente la tipología de personas que acceden a este empinado, perdido y casi desconocido castillo y gracias a la cultura y empeño por llegar, son absolutamente incapaces de tomar un solo bocado de más y mucho menos algún detalle de la decoración.

 

Tras esa acertada afirmación que nos imbolucraba y exaltaba, nos despedimos y nos fuimos a descansar, soñando con la señoría de ser un amante de lo correcto y lo bello.

 

Al día siguiente nos esperaba con un desayuno americano que resultó casi un almuerzo, para proseguir el viaje hacia otros rincones soñados de este bello mundo. Desde Montebenechi, tomamos caminos terciarios, con hermosas colinas cultivadas de trigo y tapizadas de amapolas. Pinos romanos alineados sobre las ondulaciones, con imágenes idénticas de las pinturas renacentistas.

 

6

NOS BENDIJO UN SANTO

 

Otras épocas. El Santo Padre era un ser supremo, intocable, inagraviante y llegar a él era prácticamente un milagro. Juan Pablo II estaba en la cima de su poder caritativo; era la figura más prominente del mundo y un halo de santidad enjugaba sus actos y acciones.

 

Estábamos en Roma una vez más y ese miércoles 28 de septiembre de 1994 amaneció lloviendo. Imposible visitar el Foro o recorrer sus calles, entonces el mejor programa resultaba ir al Vaticano y quedarnos guarecidos en la basílica y los museos.

Al llegar a la plaza de San Pedro nos percatamos que por ser miércoles, la multitud se dirigía al Aula de Audiencias y favorablemente la gran iglesia estaba algo más despejada.

 

La emoción de siempre al ingresar a esas naves monumentales, donde la extraordinaria arquitectura brilla tanto como los mármoles multicolores del piso y los dorados fulgurantes de estucos y bronces, decoran cientos de metros cuadrados de exquisita estética. El gran Atrio con el escudo policromado que recuerda el Concilio Vaticano II, el Pórtico de Carlo Maderno con las cinco grandes puertas, la principal perteneciente a la original basílica constantiniana y la última que se abre cada tanto coincidente con el Año Santo, la Piedad de Michelángelo, los monumentos de Cristina de Suecia, de Matilde de Canosa, el Baldaquino de Bernini, la inmensa cúpula…y con la cámara en mano, curiosos como siempre, llegamos a una de las naves posteriores del monumental ábside, pulcramente cercada por unos gruesos cordones que nos impedían pasar más allá.

 

Estábamos prácticamente solos. A nuestro lado sólo conversaban unos cuatro o cinco minusválidos en sillas de ruedas acompañados por algunas enfermeras… y de pronto, a unos veinte metros se abren unas puertas por donde salen un conjunto de soldados de la Guardia Pontificia, algunos religiosos con sotanas negras y en el centro un hermoso y atlético Papa vestido de blanco, siempre sonriente y jovial, encajados todos en sus propias tareas, dirigiéndose raudamente, a las audiencias oficiales.

 

Embargados por una emoción indescriptible, mi mujer le grita a viva voz, casi irreverentemente: ¡Papa, bendiga a la Argentina!.. El Santo Padre, sorprendido por el saludo, gira la vista, detiene su marcha y se dirigió hacia donde estábamos. Nuestros ojos, abiertos de par en par, no atinaban a otra cosa que llorar de la sorpresa y alegría.

 

Mientras venían, sólo procuré sacar algunas fotos (que acompaño como testimonio) y cuando se detuvo a nuestro lado, le tomó las manos a mi esposa y le dijo: Bendigo a la Argentina y a usted también…. la persignó y le entregó una cajita con un Rosario, que atesoramos hasta el infinito y a mí, mirándome a los ojos, me bendijo las manos e hizo la señal de la cruz en la frente.

 

Obnubilados por el momento que vivimos, nos abrazamos sorprendidos, felices…sin resolver dar un paso más. Ya el día y el viaje estaban completos y todo lo demás nos pareció insignificante comparado con ese milagroso instante.

Inmerecidamente, relaciono este acontecimiento con el Evangelio de Jesús, según Lucas, donde una mujer valiente, salida de la multitud le grita al Mesías: Bendito el vientre que te engendró!!!…y él desde la distancia le devolvió el saludo con una bendición.

 

Hoy Juan Pablo II está santificado por la Iglesia, merced a sus actuaciones relevantes y milagrosas curaciones… y nunca olvidaremos que por pura osadía, nos bendijo un Santo de los Altares.

 

 

7

SORPRESA EN SANTA OTILIA

 

Cuando era muy chico, tenía una vecinita rubia, de ojos celestes, llamada Otilia. Un nombre peculiar.

Leyendo las viejas revistas mejicanas sobre Vidas Ilustres y de Santos, me topé con la extraordinaria historia de Santa Otilia, una princesa bárbara del siglo 7. Otilia u Odilia fue hija primogénita del duque alsaciano Adalrico, pagano recién convertido al cristianismo. Nació ciega y por este motivo fue repudiada por su padre. Salvada de la muerte al ser entregada por su madre a un monasterio del reino, fue bautizada a los 12 años por el obispo San Erardo, acontecimiento que, según la leyenda, motivó que recuperara la visión al tocar sus ojos con los santos óleos. Por ello le cambiaron el nombre por Otilia, que significa “hija de la luz”.

Años después, su hermano pequeño Hugo conoció su historia y la llevó de vuelta al hogar paterno. Sin embargo, su padre, preso de un arrebato de ira, mató a su hermano y obligó a Otilia a vivir con los sirvientes del castillo. Al alcanzar la juventud, su padre decidió prometerla en matrimonio lo que provocó que Otilia, que había jurado los votos monásticos en secreto, huyera y se refugiara en un monte de la Selva Negra. Allí construyó un altar del que brotó un manantial que pronto atrajo a multitud de peregrinos, ya que se decía que curaba las enfermedades de los ojos. Su fama se extendió rápidamente y llegó a oídos de su padre que viajó en su busca para convencerla de dejar los hábitos. Por ello le regaló el castillo de Hohenburg (hoy conocido como Odilienberg o Mont Saint Odile) para transformarlo en un monasterio del que Otilia sería primera abadesa y que se regiría por la orden benedictina. Junto al monasterio fundó un hospital y la iglesia de San Juan Bautista, templo donde falleció el 13 de diciembre del año 720 d.C. y donde se conserva y venera su cuerpo. Por tal motivo es declarada patrona los Oftalmólogos y de Alsacia y Lorena, regiones al oeste de Francia.

 

Estando de viaje con mi esposa, por una de las regiones más hermosas de toda Europa, y casi culminando la Ruta del Vino, llegamos a Overnai. Como de costumbre, respetamos el recorrido, analizado y programado día por día, instancia que recomiendo para no perderse en las rutas, cumplir con las reservas de hoteles y quedarse fuera del recorrido… pero esta vez, desoímos las recomendaciones y al ver sorpresivamente un cartel que señalaba el Monte de Santa Otilia, que me recordó mi niñez, no dudamos en saltear el recorrido y darle una oportunidad a las sorpresas, porque viajar también es dejarse llevar por las aventuras.

El camino para llegar a la cima de la montaña es de una belleza inigualable, ya que se percibe todo el valle del Loira hasta el Rin y las brumas de la vecina Estrasburgo, a tan solo 35 km. (Lamentablemente en estos lugares tan apacibles, ocurrió un luctuoso accidente aéreo de un Airbus A 320 de la compañía francesa Air Inter, con 87 personas fallecidas, el 22 de enero de 1992)

Rodeando la cima plana del monte a lo largo de unos 10 km de longitud se encuentra el llamado Muro Pagano, una obra de fortificación megalítica formada por cerca de 300 000 bloques de piedra y que alcanza entre 1,60 y 2,00 metros de anchura  hasta 3 m de altura. Sus orígenes y contexto, al que son dedicadas diversas leyendas tradicionales de la región, son objeto de controversia entre los especialistas que se dividen entre los que consideran que se trata de una construcción del siglo II a. C. realizada por las tribus celtas, germánicas y/o por los legionarios romanos y que  tal vez sirvió como un recinto religioso o defensivo, o aquellos que piensan que se remonta hasta la edad de bronce. Desde 1840 está catalogado como un monumento histórico y desde 1987 como sitio arqueológico de interés nacional francés.

Llegando a la cima de la montaña sobre las paredes del llamado Muro Pagano encontramos la representación en cerámica con tonalidades de azul, de las catorce estaciones del Vía Crucis, y también una capilla en ruinas y la fuente donde según la tradición popular, Santa Odilia hizo brotar agua de la roca al golpearla con su báculo de abadesa, la cual ha sido usada por los peregrinos para lavar sus ojos y pedir la sanación de enfermedades oculares. Al ingresar al convento, se sorprenderán de ver el templo principal con las paredes decorados con mosaicos y pinturas al fresco, además de otras capillas, patios, galerías, edificios privados, bibliotecas, cementerio y hasta un hotel que ofrece 105 habitaciones totalmente equipadas para disfrutar de una agradable y confortable estancia, en un ambiente de paz y tranquilidad, rodeado de una hermosa naturaleza. Además, en los pequeños pueblos que rodean la montaña, también hay una variada oferta de 150 hospedajes rurales.

Recomiendo este recorrido. Sorpresas que deparan los viajes, aún sin estar programadas…y todo por la hermosa niña de ojos celestes, que vivía a una cuadra de mi casa.

 

 

8

CASI COMO EN EL TITANIC

Hace algunos años, nos embarcamos en un Crucero desde Atenas a Estambul, mi esposa, mi hija mayor y su esposo. Al llegar a Kusadassi, un fuerte viento con oleajes medios, impidió que atracase en ese puerto y por los parlantes, anunciaron que se postergaba la excursión por la ciudad y por las ruinas de la semienterrada Efesso, verdadera maravilla de la arquitectura helenística, sede del Templo de Diana, una de las Siete Maravillas de la Antigüedad, de la que solo quedan solo tres columnas gigantescas en pie y la Casa de la Virgen, donde la tradición afirma que es el lugar donde María culminó sus días, visita que realizamos posteriormente.

En la cena, por cortesía del Capitán y rotando entre los pasajeros, nos tocó compartir su mesa y en  una simpática charla trivial, le preguntamos el motivo por el que no pudimos amarrar en el puerto.

En su mezcla de lenguas, nos contó que dicho atracadero es muy peligroso y que dos años antes, su gran amigo, también capitán de otro barco, chocó peligrosamente al ingresar, perdiendo su cargo y su graduación…

Y si…Casualmente, nosotros estuvimos allí; sin mayores consecuencias, fue un hecho muy parecido al Titanic y lo vivimos con mucha emoción.

 

Haciendo el mismo recorrido, pero con mi hija menor, que acababa de cumplir quince años y este viaje era su regalo, hicimos un crucero por el Mar Egeo. En su trayecto, debíamos llegar a Kusadassi…pero resultó muy accidentado, ya que al ingresar al puerto, un fuerte oleaje hizo que el gran barco chocara estrepitosamente contra una escollera de piedras, quedando totalmente destruida, al igual que una buena parte de la proa.

Recuerdo que el golpe nos estampó contra los muebles del camarote y después de un gran silencio con los motores detenidos, los anuncios en todos los idiomas pidiendo calma y tranquilidad.

Esto ocurrió, exactamente el 6 de abril de 1997 y si bien, no fue un tremendo accidente y no tengo datos si hubo víctimas, las medidas internacionales de seguridad obligaron a que a las  pocas horas llegara otro crucero de igual porte, colocándose de costado con decenas de puentes peatonales, por donde todos los pasajero y tripulación, con el equipaje de mano y chalecos salvavidas de color amarillo señal, en medio de la noche, abordamos el auxiliar. Ni bien terminaron las múltiples tareas, emprendió raudamente el retorno a Atenas, sin cenas, sin casino, tiendas, magos, ni show danzantes…eso sí: con canilla libre para todos.

La experiencia fue impactante, única y seguramente a todos nos trajo a la memoria esas imágenes tan espeluznantes de catástrofes en el mar, tan internalizadas por el cine, especialmente después de ver una y mil veces “Titanic”. Recuerdo que en varios momentos de tensión, entre nervioso y disimulada calma, canturriaba y silbaba alguna melodía de películas de terror, aunque hubiese sido ideal la famosa canción de Celine Dion…»My Heart Will Go On»…no estrenada aún.

 

9

AVENTURAS EN EL AEROPUERTO DE GINEBRA

En realidad los aeropuertos del mundo son todos iguales y distintos entre sí.

Es más, aunque sea un pasajero frecuente y viaje a alguna ciudad conocida, siempre nos confundiremos de sectores y orientaciones para dirigirse a una u otra Puerta, siempre estaremos atentos a los carteles y direcciones, y posiblemente nos equivoquemos una vez más. También, absolutamente siempre pasaremos horas sentados a la espera de combinaciones o salidas de nuestro vuelo…o correremos por los halles, cruzando por el medio de los free shops y apurados para no perder el avión (ni hablar de la estación de Madrid donde se debe tomar un tren interno para ir de una punta a la otra)…De tal manera, se da una u otra posibilidad y nunca una instancia tranquila y apaciguada, porque siempre en todos los aeropuertos del mundo, nos espera una nueva sorpresa.

Estábamos en Ginebra, un domingo por la tarde y para no tener contratiempos, tratamos de llegar con tiempo al Aeropuerto para hacer el check in, despachar el equipaje y devolver el auto alquilado en la Agencia correspondiente de origen francés.

Esta Terminal, está ubicada exactamente en medio de la frontera entre Suiza y Francia y tiene ingreso por los dos países…pero separados en su interior por medio de vallas, desniveles y por supuesto con Aduanas y directivas distintas. Estacionamos del lado suizo, bajamos las valijas e hicimos los trámites correspondientes. Mis dos hijas menores quedaron en la sala de espera con los boletos en la mano y con mi esposa, salimos para devolver el auto, pensando que regresaríamos a los pocos minutos…pero no fue nada sencillo y se transformó en una pesada aventura.

En tiempos donde no existía el GPS ni tampoco celulares, año 1996, llevar el auto desde el estacionamiento suizo al francés, fue verdaderamente una aventura, agravada por el tiempo en sacar los tickets de estacionamiento, esperar las barreras automáticas, los semáforos, el tránsito acrecentados por el lugar y el horario, los nervios de dejar a dos niñas solas y sin poder comunicarnos, los carteles en idiomas extranjeros, el mapa de rutas, caminos con curvas, túneles y localidades que se hicieron interminables.

Sin poder llegar a destino fácilmente, con el reloj que nos apresuraba y los nervios a punto de estallar, tomamos la decisión de pegar la vuelta, volver al estacionamiento suizo y pase lo que pase, dejar el auto abandonado. Sí, abandonado, por no encontrar el garaje de la agencia en el país vecino.

Corriendo y casi a tiempo del último llamado, vimos que las niñas subían por la escalera mecánica a las terminales, decididas a tomar el vuelo sin nosotros…y luego de encontrarnos y aliviarnos, subimos al avión, con las llaves del auto en el bolsillo, pensando que nos correspondía una justa y abultada multa.

No fue así. Cuando llegamos al país y les comunicamos el resultado, la empresa reconoció el trastorno que ocasiona tener el garaje cerrado del lado helvético por ser domingo y por medio de la correspondencia internacional, devolvimos las llaves….Terminando un viaje de treinta días felices, aunque con un final no apto para cardíacos y al mejor estilo de películas de Alfred Hitchcock.

 

10

TENSION EN PORTUGAL

 

Eran tiempos que no existía el GPS y todas las rutas se guiaban por mapas, carteles de señalización, cartas de ciudades…y si el idioma lo permitía, alguna que otra consulta a los parroquianos.

Nos ocurrió en Portugal, traspasando la frontera española, desde Cáceres por Alcántara y entrando a las portuguesas Sierras de Mamede, hacia Tomar, Fátima y luego Lisboa.

La Ruta N118 no es muy transitada y tampoco de primer nivel. Por otro lado, siendo los paisajes tan hermosos, en algún momento del camino, entre Marvào y Castelo de Vida y al pasar por otras localidades, perdí el rumbo y no supe cómo continuar.

Al no ver señalización alguna, le pregunté a un joven que a bordo de un camión casi destartalado, llevaba fajas de alcornoques y en su media lengua nos dijo que lo siguiéramos para alcanzar la ruta. Sin dudar le obedecimos e hicimos algunos kilómetros atrás de su vehículo, pero cuando el camino se internaba en un bosque y no pasaban otros autos, mis hijas (que me acompañaban en la parte trasera del auto), empezaron a dudar del hombre y adivinaron malas intenciones. Ahí no más, pegué la vuelta y tras otras consultas, pudimos llegar a destino. El camino primero, guiado por el muchacho de los corchos, no era para nada el correcto.

Moraleja: Si bien son tiempos pasados y hoy nos guiamos tecnológicamente, no siempre es bueno fiarse de la gente del lugar…

 

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TENSION EN PERPIGNAN

 

A diferencia del viaje anterior, esta vez y hace muy poco tiempo, vivimos un momento de tensión y alta aventuras, con el GPS (incorporado en el auto) y toda la tecnología disponible.

Como nuestro viaje culminaba en París, alquilamos un vehículo desde Perpignán, la ciudad más cercana de nuestro recorrido, para ser devuelto en el mismo país y abaratar costos. Desde la estación Sant de Barcelona abordamos el tren a Francia y lo hicimos por medio del Alta Velocidad Renfe, llegando en 1 hora, 20 minutos, tras una experiencia muy linda de ir a casi 300 km por hora, en algunos tramos de llanura.

Después de realizar los trámites de alquiler, dejamos la ciudad y tomamos la Ruta N116 hacia Andorra. A mitad de camino, debíamos desviar hacia el norte, para cruzar las estribaciones de los Pirineos y llegar a Carcassone, donde nos esperaba la reserva de un muy lindo hotel, al pie de las murallas milenarias.

Marcamos en el GPS la ciudad de destino final y nos eligió el tramo más corto, sin percibir que no era el originalmente programado y sin dudar giramos desde Prades hacia la aventura. A poco andar y sin posibilidades de regresar pensando que el camino mejoraría, la ruta se hizo cada vez más empinada, angosta, escarpada y de ripio, cruzando delgados puentes, curvas sinuosas y declives pronunciados, tornando el trayecto de casi 40 minutos, en un momento de tensión y peligrosidad.

Ocurre lo mismo en algunas ciudades muy populosas, que al no detectar zonas rojas, la tecnología demarca un trayecto prefijado y se corren algunos riesgos indeseados.

Como moraleja, recomiendo analizar y comprobar con mapas de rutas tradicionales, lo que nos dicta el GPS y en el camino final deseado, ir por tramos, marcando localidades parciales, que a manera de posta, nos permita llegar al destino sin contratiempos.

 

12

TENSION EN VIENA

 

No me gusta el invierno. Detesto el frío y la estación de la nieve, los días cortos y la falta de sol. Europa es bella todo el año, pero mucho más durante los meses templados, desde la primavera a la entrada del otoño. Los paisajes se visten con flores por doquier y la gente se anima a salir a las calles, cantar y bailar al compás de su música y costumbres ancestrales.

De los muchos viajes que realicé, sólo uno lo hice en el mes de enero y juré no regresar en invierno.

Estando en Suiza, comenzó una tormenta de nieve que nos alcanzó por varios días. Las ciudades de Berna y Lucerna, apenas las pudimos visitar, ya que el horario se restringe, las salidas se limitan y el día se aprovecha apenas desde las 10,00 hasta las 16,00. El resto de las horas, se viven en el interior de algunas galerías o en el hotel.

Llegamos a duras penas a Viena, con rutas atascadas por la copiosa nieve, que alcanzó los 60 cm de altura y la temperatura bajó a -14 grados centígrados, con peligrosas maniobras al volante, patinadas y varios accidentes a nuestro alrededor que matizaron el trayecto. Los paisajes se tiñeron absolutamente de blanco y no se distinguían las montañas del cielo. La vegetación no aparecía por ningún lado y las casas se perdían entre una sola tonalidad. El viaje, que es siempre sinónimo de alegría y aventuras, se tornó en este caso, casi en un desagrado.

La ciudad, deslumbrante, por cierto, nos pareció entre chubascos, opaca, húmeda y triste. Sólo tiritando llegamos al majestuoso palacio de Schönbrunn, el Versalles vienés y tesoro de Austria, para calentarnos el cuerpo con litros de cafés, chocolates a la taza y por supuesto, acompañados siempre por las exquisitas masas de crema y la famosa torta Sacher…lo mejor del invierno.

Por eso, viva el sol y el calor del verano europeo.

 

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LA CALLE CERDEGNA 53, ROMA

 

Mi última morada como soltero fue en una vieja casa de fines del siglo 17 en la ciudad de Santa Fe, donde junto con mi hermano, alquilábamos una pieza doble que daba al frente de la calle. Rodeada de galerías, numerosas macetas cuidadas con esmero, habitaciones altas con piso de madera y cielorrasos de bovedillas, tenía el cuarto de baño situado al fondo del edificio, un aljibe central ya extinguido y una planta de ciruelos que floreció meses antes de casarnos, en el verano del 72.

 

Desde su vetusta puerta descascarada y de color verde, muy circunspecto y ataviado de jacket, salí rumbo al casorio, aplaudido por el cariño de los vecinos y un beso plantado por la dueña de casa; una bellísima persona de mucha edad y corta estatura, ojitos claros, viuda y sin hijos, llamada Amalia Martinez Paiva.

 

De prosapia ancestral, conservaba el orgullo de su apellido ilustre; solo tenía algunos parientes lejanos y una hija en el cariño, Titi, sobrina lejana que la contactaba cada tanto e intercambiaban correspondencia.

Ella era una hermosa azafata de una línea internacional y unos meses antes, la habían visitado junto con su pareja o esposo, un joven italiano muy apuesto, de profesión actor de cine y que estaba en nuestro país filmando un corto comercial y una película junto a Rodolfo Bebán… “Don Juan Manuel de Rosas”. A propósito de ello, él personificaba un ministro extranjero, durante el gobierno del patriota.

 

Varios años después y en ocasión del cuarto o quinto viaje a Roma, paramos en un hotel cercano a la Via Véneto, aún famosa por los paseos de Fellini, Liz Taylor, Richard Burton y toda la movida artística de los años sesenta y setenta, y casi por casualidad, nos cruzamos con la calle Cerdegna. En ella vivían Titi y Paolo y como conservamos los datos que Amalia nos proporcionó en su momento, casi por aventura y curiosidad nos dirigimos al cercano edificio de cuatro pisos, casi idénticos unos a otros en esa ciudad, también de color ocre.

Era un sábado a la tardecita y hacía frío. Con la dirección en las manos enguantadas, Cerdegna 53, nos atrevimos a tocar el portero, convencidos que no tendríamos respuesta, pero una voz masculina al oír nuestro acento criollo nos hizo pasar…

 

Nos recibió Paolo y estaba solo. Su esposa de viaje y él acunaba dos o tres cachorros que acababan de nacer de una perra muy querida por la pareja. Recuerdo que tenía el hogar encendido y entre las llamas, unos pinches especiales para tostar almendras, que en su media lengua nos convidó.

El trato fue muy amable y fluido, aunque el idioma no ayudaba a entendernos demasiado. Nos mostró el departamento e innumerables fotos de sus actuaciones y de su amada Titi. Sin más para contar, al despedirnos, nos entregó un sobre cerrado con un mensaje destinado a Amalia.

 

Al cabo de unos días regresamos a la Argentina y a las semanas golpeamos la manito de bronce que era el llamador sobre la desteñida puerta de calle Entre Ríos….pero no nos atendió su dueña, sino que, con los ruleros puestos, se asomó por la ventana de una casa vecina, una señora también anciana, y nos contó llorosa que Amalia había fallecido apenas unos días atrás, felíz y en soledad, así como vivió…Tal vez al mismo momento que nos entregaban la carta para ella y que nunca recibió.

 

 

14

LA EDELWISSE SE HIZO ARBOL

 

“Edelweiss, Edelweiss, blanca flor de los Alpes”…canturreaba armónicamente Jullie Andrews, con sus hijos Trapp en la ficción de la múltiple premiada y famosa “Novicia Rebelde”, también llamada “El sonido de la Música”.

Ciertamente, esas pequeñas flores nacaradas que nacen en lo alto de las montañas, cuyo nombre científico es Leontopodium alpinum, significan a su vez “Nobleza Blanca”. También se las conocen con el nombre de Flor de las Nieves y son además, la flor nacional de Suiza y Austria.

 

En 1994 viajamos con mi esposa a Insbruch y en un puesto callejero, al frente de la Casa de Oro, compramos una maceta con un ramillete de Edelwisse en flor, acompañándonos el resto del viaje y regándola en los baños de cada hotel.

Al regresar, sabíamos que no iban a pasar por los scaners de los aeropuertos…sin embargo, corriendo el riesgo, desde el bolso de viaje, las plantitas alpinas prefirieron quedarse con nosotros y sortearon milagrosamente todos los obstáculos.

 

Cuando llegaron a nuestra casa, las sostuvimos entre las sombras del jardín y día por medio las alimentábamos con un cubito de hielo…pero no resistieron más de un mes los calores de las llanuras argentinas y se secó indefectiblemente, aunque algunas flores quedaron aplanadas en algún libro de texto.

 

Al tiempo, en la misma maceta, germinó otra plantita de alguna semilla oculta en su tierra…y esa planta creció año a año. Primero fue un arbusto y luego un arbolito de metro y medio, que en algunas Navidades las adornábamos con luces y guirnaldas.

Pero su natural crecimiento no se detuvo hasta alcanzar los casi doce metros de altura, con las quejas de los vecinos que le caían sus hojas y frutos pequeñitos, y la sombra permanente en nuestro patio, que obscurecía el entorno, tapaba sol de la piscina y el resto del jardín.

 

Hace unos meses, después de levantar las tablas del deck y temer por los cimientos del asador cercano, le llegó la hora. Durante tres días, una cuadrilla de operarios, cortaron sus ramas, fraccionaron el tronco de casi 50 cm de diámetro y socavaron un pozo para cortar sus raíces…Creo que se llama “Sauco” esa especie de árboles que crecen profusamente a la vera de casi todas las rutas europeas y que particularmente nos brindó sombra y frescura durante 17 años.

Como una mascota fija y silenciosa, nos apenó mucho su corte, aunque necesario, y con tristeza vimos como un camión se llevaba retazos de este fiel amigo que nos proporcionó placer e intimidad. Frondoso árbol que milagrosamente nos regaló la Edelweiss, cuando al secarse, cedió su lugar…

 

 

15

TENSION EN FRANKFURT

 

En uno de los primeros viajes a Europa, mi esposa y yo, éramos muy jóvenes e inexpertos. Tal vez muy cándidos.

Estando en el hotel de esta ciudad, nos familiarizamos con una pareja de mayores coterráneos y recorrimos algunos lugares de manera conjunta. Ellos tenían una hija que estudiaba arquitectura y como nosotros dos lo somos, nos pidieron que le compráramos unas lapiceras especiales para esa profesión. Nos dieron la plata para hacerlo y marchamos a la tienda especializada.

 

Al momento de pagar, (en esos tiempos no existía el Euro como moneda oficial y se lo podía hacer en Marcos o en Dólares y sin tarjetas de créditos) notaron que uno o varios billetes eran falsos y tuvimos un momento de mucha tensión y a punto de ser detenidos, tan solo por ser comedidos…

 

Por suerte, el entredicho no pasó a mayores, tal vez porque comprendieron nuestra inocencia y acción sin culpas, pero quedó como moraleja y consejo, que nunca se deben realizar esos actos de solidaridad (como trasladar valijas o equipajes a extraños) sin tener la certeza de sus buenas intenciones.

Al día de hoy y a pesar de las disculpas del caso, nunca supimos si actuaron de mala fe, aunque nos quedó impreso a fuego, esta advertencia.

 

 

16

TENSION EN MADRID

 

Por supuesto que la noche, en cualquier parte del mundo, tiene sus encantos y es parte principal de momentos de alegría, conocimientos y felicidad…pero también tiene sus asechanzas y peligros.

 

Recuerdo un puñado de noches mágicas vividas en distintas ciudades de Europa; algunas en el barrio de Placa, en la divertida Atenas, al pie del Acrópolis iluminado, con música callejera, platos típicos y bastante alcohol… o en el interior de la ciudad fortaleza de Carcassone, con una serie de cantantes y juglares medievales, animando con marionetas las mesas de la plaza central, o las calles de Milán repletas de bares y cientos de jóvenes cantando entre unas y otras juntadas…otras en Venecia, Berlín, Compostela, Roma, Siena, Annecy… interminables anécdotas de distención y algarabía.

 

Pero en este caso, nos sorprendió la adversidad. Estando en Madrid, nos dirigíamos a “Sobrino de Botín” en el Arco de los Cuchilleros, a la salida de la Plaza Mayor, para comer algún plato típico castellano.

Conversábamos animadamente con un amigo que nos acompañó en todo el viaje y en cada bocacalle, a la espera del paso peatonal, nos llamó la atención una pareja de jóvenes que nos seguían. Cuando nos deteníamos en alguna vidriera, ellos lo hacían también, aminorábamos la marcha y disimulaban quedarse quietos…hasta que un recodo de la vereda, sobre un portón cerrado, nos asaltaron, con tanta suerte que mi amigo les golpeó con su mochila y ante los gritos de mi esposa, saltaron por sobre los autos que pasaban y huyeron a toda corrida, sin quitarnos nada.

 

En esa oportunidad tuvimos mucha suerte. Pasado el mal momento, cenamos en el restaurante más antiguo del mundo (el horno parrillero nunca ha sido apagado desde su fundación en el siglo XVI, superando la Guerra Civil Española y la Pandemia de Coronavirus) y nos quedó la advertencia que hay que llevar pocas joyas o nada, estar atentos en todo momento y no distraerse jamás.

 

 

17

TENSION EN PARIS

Relacionado con lo que nos ocurrió en Madrid, la inseguridad es moneda corriente en casi todos los países del mundo y se acentúa en las grandes ciudades, especialmente latinas y con gran afluencia de turistas extranjeros…. Aunque, felizmente, existen lugares y personas, que son la contracara de lo afirmado y que detallo más adelante.

Estando en la Ciudad Luz, fuimos a Misa y sentados en el banco para orar o en la fila para tomar la Comunión, sigilosamente y sin percibir ningún movimiento, ni tirón alguno, a mi esposa le robaron del bolso que colgaba del hombro, los pasaportes y algo de plata.

Además del disgusto, perdimos dos o tres mañanas tramitando un nuevo documento en el Consulado o Embajada de mi país y asunto terminado. En la calle, en un parque o en el templo, siempre habrá lugar para los malhechores, pero uno debe estar atento y al cuidado permanente de sus pertenencias y seguridad.

Contrariamente a estos actos vandálicos, ocurren otros que devuelve la confianza al ser humano. En Zagreb, terminando de cenar y entrada la noche, nos retiramos rumbo al hotel en una calle casi desierta, cuando nos sorprendió el ruido de una persona que corría a nuestro encuentro y nos puso en sobre aviso. Al acercarse, agitada, vimos que era la moza del restaurante que aceleró su tranco más de tres cuadras para acercarnos la cámara de fotos, que dejamos olvidada y colgada en el respaldo de la silla. Además de nuestros agradecimientos, no quiso recibir ninguna propina, a pesar de los ruegos.

Otra anécdota. En la Isla de los Museos de Berlín, fui al baño y dejé sobre una repisa, un bolso de compras, con regalos, libros y los tickes diarios para visitar otros museos. Pasada tres o cuatro horas, nos percatamos del olvido y regresé al lugar, convencido que ya era tarde para recuperar mis pertenencias…. Pero no fue así. Allí estaban intocables y a la vista de miles de hombres que pasaron por el mismo lugar, sin que nadie atinara a llevarse algo que no era suyo….

Tengo muchas otras anécdotas de este estilo, tan positivas y amables, provenientes de una cultura mejora y que a veces la sentimos en pleno declive y decadencia.

 

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TESTIMONIO PICTORICO DEL HERMANO FIGUEROA

 

En mi vida he pintado muchos cuadros religiosos, abordando una temática siempre vigente.

A finales del año 1996, cumpliendo una promesa familiar y en pleno auge del entusiasmo por llevar a los altares al jesuita Hermano Figueroa, pinté un cuadro al óleo con su imagen y lo doné a la Congregación. Al plasmar sus rasgos, me produjeron una emoción indescriptible…sus facciones angulosas, su mirada amable y penetrante, despertaron mucho respeto y amor, de tal manera que desde entonces, está presente en las oraciones y peticiones de mi vida espiritual.

Un mes después, las autoridades del Colegio, me pidieron otro cuadro, exactamente similar, que debían llevar al año siguiente a Las Canarias, para homenajear al Hermano en su tierra natal.

Como parte de la comitiva, aunque con mi esposa viajamos por otro lado, el martes 7 de octubre de 1997, a las 10,00 se realizó un trascendental acto cívico en la plaza central de Tinajos, en la isla de Lanzarote, donde se descubrió un busto y obsequiamos el cuadro con su imagen. Posteriormente, recorrimos procesionalmente la casa paterna de Figueroa, sus habitaciones, patio y cocina, donde preparaban el pan y sus pucheros, embargados, todos de una emoción indescriptible. Mi esposa recogió tierra y guijarros del lugar, que veneramos con pasión.

Posteriormente, solos con el alcalde y su señora, visitamos la iglesia local y su pila bautismal, la municipalidad, el pujante pueblo y más tarde, el Desierto Negro (con paseos en camellos del Sahara), la Montaña de Fuego (donde comimos un exquisitos pollos asados desde el fuego emergiendo de las propias bocas secundarias de los muchos volcanes en actividad que pululan por la isla) las Cuevas Subterráneas, lugares paradisíacos, que seguramente recorrió el Hermano en su niñez.

Al regresar, el padre Alejandro Gauffin, que nos acompañó en los actos, me pidió un tercer cuadro, también idéntico, que atesora entre sus pertenencias.